Tempus fugit


Miré el reloj del móvil mientras andaba; era la hora. Al girar la esquina estaba allí esperándome, con esa pose entre despreocupada e inquieta. Llevaba su chaqueta de piel marrón. Siempre me ha gustado cómo le quedaba, aunque me metiera con él diciéndole que era de padre. Mientras exhalaba el humo de su cigarro se giró hacia mí. Entonces una ráfaga de viento puso parte de mi pelo en mi cara.

Apartándomelo presuntuosamente con la mano, llegué hasta él, y lo que parecía que iban a ser dos castos besos de cortesía se convirtieron en un afectuoso y desproporcionado abrazo lleno de fuerza y sentimientos varios; una mezcla entre dolor, rencor y deseo por mi parte y un híbrido entre arrepentimiento, anhelo y pasión por la suya. Uno de esos abrazos en los que parece que se va a parar el tiempo.

Todavía algo nerviosos por el encuentro y casi sin mediar palabra, entramos al bar donde habíamos quedado. Era un lugar que frecuentábamos cuando estábamos juntos. No sé si por lo acogedor y cálido de sus detalles en madera oscura y su reducido tamaño o por la flagrante sonrisa del simpático camarero argentino. Mi detalle preferido era el gran reloj de péndulo colocado en la pared del fondo.

Una vez sentados y con nuestra primera cerveza en la mano, llegó el que yo calificaría como el momento más tenso de la noche: Hacía un año y medio que no nos veíamos y quedaron demasiadas cosas pendientes, demasiadas preguntas en el aire. Así que lo miré expectante.

Al instante y con gran determinación dijo: “Lo siento”. A lo que solo pude responder bajando la mirada y frunciendo el ceño recordando los deplorables momentos por los que me había hecho pasar, que no eran pocos. Para entonces yo ya había quitado la etiqueta de la cerveza y la había roto en mil pedazos.

Continuó su historia explicándome por qué había desaparecido así de repente, sin más. Y aunque consideré que sus argumentos eran mucho menos que aceptables, no pude eludir comprender y aceptar sus motivos como válidos
.
Al cabo de escasos diez minutos (a mí me parecieron horas), ya estábamos más relajados y fue entonces cuando me di cuenta de que estaba delante de uno de los momentos que más he anhelado en mi vida. Llevaba nada menos que un año y medio imaginando que haría cuando llegara ese momento. Había llegado el momento de pedirle todas las explicaciones del mundo y de explicarle cómo me había hecho sentir durante todo este tiempo…

Pero decidí no hacerlo; no lo estimé oportuno. Ya no quería explicaciones ni reproches. Solo quería tenerlo delante y que él me tuviera delante a mí. Solo necesitaba tener la oportunidad de poder hablar con él una vez más de cualquier cosa por absurda que pareciera.

Y poco a poco llegamos a ese punto. Fuimos dejando atrás el pasado y centrándonos en nuestras vidas actuales. Hablamos de trabajo, de proyectos musicales, de relaciones pasadas y de que era una feliz coincidencia el hecho de que ambos estuviéramos solteros. Eso supuestamente significa que el grado de receptividad es considerablemente mayor al de cuando se está en pareja. Aunque lo cierto es que no era mi caso. Aunque sí estaba receptiva y no tenía pareja, sí tenía algún asunto por aclarar y además no me gusta cometer dos veces el mismo error, aunque eso es muy humano; no me culpo.

Cuando me di cuenta, el reloj de péndulo tocaba las once. Habían pasado dos horas en lo que a mí me pareció media. Pero, aunque al día siguiente tenía que trabajar temprano, no tenía ninguna prisa, me hacía feliz reencontrarme con quien para mí había sido el hombre perfecto durante tanto tiempo. Merecía que mi escala de valores pusiera mi tiempo y mis horas por debajo de nuestro propio tiempo juntos.

Y pasaron las horas… Y bebimos cervezas… De repente era como si no hubiera pasado el tiempo.

Hasta que en un momento determinado de la noche nos quedamos en silencio, mirándonos. Le miré los labios, él miró los míos, le miré el pelo mientras yo tocaba el mío con pueril y traviesa inquietud, rozó mi mano, me estremecí, repasé todas las facciones de su cara cerciorándome de que podría haberlo hecho con los ojos cerrados. Respiré hondo. Ambos respiramos hondo. Esbocé una sutil y pícara sonrisa. Él puso su mano en mi mejilla. Ya habíamos vivido ese momento otras veces y lo que proseguía era besarnos impúdica y salvajemente sobre la mesa del bar, como si estuviéramos solos en el mundo y se fueran a agotar los últimos segundos de un pequeño y preciso reloj de arena.

Pero turbé el momento bajando de nuevo la mirada y frunciendo el ceño; no podía hacerlo. Aunque sí es cierto que no tenía ninguna atadura con nadie, no estaba totalmente libre de sentimientos. Y ser fiel a ellos es lo que me hace ser fiel a mí misma y al resto de personas.

Por otra parte, él me abandonó, me mintió, me dejó sola. Una noche de pasión no compensa las noches que he pasado llorando de rabia, impotencia y tristeza en mi habitación.

Sin que hiciera falta explicarle el por qué de mi reacción, le dije que sería mejor que me fuera a descansar.

De camino a mi casa hablamos sobre cómo nos habíamos echado de menos. Y me rozó la mano un par de veces y me volví a estremecer. Y cada vez que pestañeaba me venían imágenes y recuerdos de momentos felices junto a él. Y llegamos a mi casa. Y nos reímos en mi portal con anécdotas divertidas de nuestro pasado juntos. Y no nos importaba el frío ni el viento. Y lo que proseguía a eso era besarnos con vehemencia, como si fuéramos a desaparecer de los brazos del otro en cualquier momento y tuviéramos que exprimir hasta nuestro último aliento. Y después habríamos subido a mi casa y habríamos hecho el amor una y otra vez como si nunca se fuera a hacer de día y como si el tiempo se parase.

Lamentablemente sí se hacía de día. Y el tiempo seguía corriendo. Así que me despedí con un fuerte abrazo mientras me hacía prometerle que nos veríamos pronto. Sí, quizá nos veamos pronto, pensé. Pero no te lo puedo prometer.

Y cuando llegué a mi cama, me sentí egoísta. Y feliz. Solo quería verlo para quitarme esa espina que tenía desde la última vez que nos vimos. Y me gustó. Ninguna persona que me haya hecho daño merece ya estar por delante de mí. Ya no merece mi consideración. Es un privilegio que se pierde cuando se comete el error de herirme.

Miré mi reloj y el segundero seguía marcando cada segundo con ímpetu. Y yo seguía viva. Y volvía a estar sola porque así lo había decidido. Y me encantaba. Y ahí estaba de nuevo el presente, con mis temores, mis dudas y mi vorágine de sentimientos… No necesito nada más para ser feliz.

El tiempo pasa y pasan cosas. No puedo permitirme estancarme en algo que alguna vez, en otro tiempo y siendo otra persona, me hizo feliz. El camino está hacia delante, como el tiempo mismo. Y yo lo quiero andar saboreando cada segundo con ímpetu, como mi reloj, como el viejo reloj de un campanario. Sin nostalgia ni miramiento alguno. Y si no hay nadie que sepa darme cuerda, me conformo alegremente con que los días de sol carguen mi batería de entusiasmo y vigor y sigan haciendo pasar las horas.

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