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Primera persona del plural

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Volvamos a ser primera persona del plural. 
Seamos inquebrantables de nuevo. Vamos a buscar el pretérito imperfecto que nos dejó con la palabra en la boca y a seguir desde ese punto y seguido.
Construyamos de nuevo ese futuro imperfecto del que nadie hubiera dudado nunca. 
Seamos dos, seamos cinco o seamos seis. 
Pero por el Alfa y el Omega, seamos juntos.

Segunda persona del singular

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Tú. Desertor de ese trinomio que brillaba inquebrantable; tú, yo, nosotros.
Tú. Víctima y verdugo. El todo y la nada. Vida. Desidia.
Tú. Tus abrazos, tu paz, tu honestidad, tu cariño, tu amor, tu indiferencia absoluta. Tu voz.
Tú. Quien, después de nuestro primer beso, afirmó susurrando en mi oído que nuestros labios parecían hechos los unos para los otros.
Tú. Destructor y creador. Genio. Magnífico. Risueño. Jodidamente adorable. Frío, displicente.
Tú. Pasión. Furia. Vehemencia.
Tú. Provocador de dolor y desesperación, de llantos infinitos, de gritos sordos, de aullidos de auxilio, de risas, de felicidad y de ilusiones.
Tú. La persona que me iba a querer toda la vida.
Tú. Pretérito perfecto. Futuro imperfecto.
Tú. Segunda persona y también primera persona, pero siempre del singular.

Y yo. Intentando pasar una página de un libro que ya acabé hace mucho. Tratando de cerrar una puerta que nunca existió. Deseando que toques el cielo con esos dedos mágicos y que todo esto haya merecido la pena. 
Y …

Blue Bird

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Este verano me dije muchas cosas. Con Pablo Neruda inspirándome aquel día con su “algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo y esa, solo esa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”.

Me desnudé, me miré al espejo, me miré a los ojos, tristes por aquel entonces como solo ellos saben estarlo y de repente lo vi. Me estaba mostrando a mí misma una sonrisa invitándome al sosiego, a la paz. Diciéndome que todo iba a salir bien, que aunque a veces no pudiera verme, estaba ahí adentro, en guardia. Cuidando de mí.

Y con la sonrisa como compañera volví a mirar a mis ojos tristes, como quien mira una bola de cristal intentando adivinar qué hay dentro. Como esperando encontrar una respuesta clara a alguna pregunta indefinida.
Y allí estaba. Había una vorágine de sentimientos abstractos. Una gran cascada de sensaciones inusitadas. 
Intenté enfocar un poco más y pude identificar un ansia terrible de libertad, de amar y ser amada. Vi lo…
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Joy of my life
Ella estaba de espaldas, sola, sentada en la barra de madera del lúgubre y decadente bar de carretera al que iba todas las semanas a retraerse. La escasa y tenue luz iluminaba sutilmente el brillo de su larga melena ondulada, bajo la cual se adivinaba la curva de su cintura a la que seguían sus sinuosas caderas, prominentes, rabiosamente femeninas. Llevaba el vestido granate. Ajustado desde los codos a las rodillas con un poco de encaje en la espalda. En sus manos sostenía un cigarro mientras bebía de un botellín de cerveza belga. Regalaba su enigmática mirada de color miel al infinito de sus pensamientos, siempre indescifrables, velados. Su semblante siempre era serio, sobrio y en cierto modo, taciturno.
Habría a su alrededor unas 90 o 100 personas. Todas ellas ajenas a la belleza de sus gestos, de sus ojos, de sus labios, de sus manos... Ajenas a lo bello de su existencia. De su inusitada y sorpresiva pueril sonrisa. Él se preguntaba cómo ese hechizante atractivo de s…

Querido Karma

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Querido Karma,


Te conozco desde que tengo uso de razón, o eso a lo que llaman como tal. Yo diría que te conozco desde que tengo memoria. Memoria consciente.

Hemos tenido una relación bastante compleja, valga el eufemismo.

Te escribo esta carta porque es la única forma que tengo de comunicarme contigo, o la única manera que he encontrado de hacerlo para poder expresarte lo que siento sin censura.

Mientras te escribo, tú estás ocupado con tus cosas de Karma, haciéndome daño. O intentándolo. Valiente bastardo tú, Karma.

¿Sabes las noches que he pasado en vela por tu culpa? Las veces que he llorado...

De tristeza.

De rabia.

¿Eres consciente de las veces que he deseado acabar contigo? Y conmigo, claro. Con todo.

¿Tienes idea de las veces que me ahogaba, literalmente, por tu culpa?

En la confusión, la incomprensión, el terror, el pánico, ¡el espanto!

Las veces que la apatía y el desasosiego se han apoderado de mí, de nosotras.

Me has anulado. Completamente.

Has apagado mi luz. Vivo alejada …

I dreamed a dream...

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La vida es sueño
Era una calurosa y nublada tarde de julio en las calles de un pequeño pueblo de Alicante.
Paseaba con unas amigas después de una actuación del grupo de bailes con el que íbamos. Yo apenas era una niña de 12 ó 13 años, pero recuerdo aquella tarde con todo tipo de detalles.
Nos sentamos a hablar en unas escaleras de piedra que encontramos entre dos casas grandes típicas de pueblo mediterráneo, con sus plantas y su luz tenue.
 Nos reíamos como siempre de cualquier tontería que se nos ocurría. Y entre esas risas y conversaciones triviales vimos aparecer por la calle de arriba a un grupo de chicos que tendrían más o menos nuestra edad.
La timidez nunca ha sido una de nuestras características más destacadas, así que después de un picaronzuelo saludo por parte de uno de ellos y de una respuesta no mucho más recatada por nuestra parte, los chicos se acercaron a hablar con nosotras. Eran tres.
Uno de ellos, el más alto, comenzó a hablar conmigo. Hablamos de muchísimas cosa…